Los vecinos

Los vecinos
Aquí estamos los vecinos del edificio. Ilustración: Axel de la Rosa

martes, 21 de febrero de 2017

SUPERMACHINE
Si los primeros días todo fueron quejas cuando la presidenta doña Monsi, con la connivencia de Carmela, recién nombrada directora general de Asuntos Internos del edificio, colocaron una lavadora comunitaria en el portal para hacer la colada, lo que pasó en los días que siguieron tuvo más que ver con una experiencia espacial. Aquel armatoste descomunal era más difícil de programar que una nave Soyuz. La cantidad de botones que tenía daba vértigo y ninguno se atrevía a tocarlos. Temíamos que si nos equivocábamos acabaríamos conectando la máquina y, entonces, el edificio entero saldría propulsado con destino a algún planeta lejano.
-Yo creo que estos aparatos ya vienen preparados para que metas la ropa y le des la orden de viva voz -dijo Úrsula, desesperada porque solo le quedaba una faja limpia para toda la semana.
-Sí, claro. Hola, maquinita: quiero que laves, enjuagues y centrifugues mi ropa de color a la de tres, dos, uno -bromeó Eisi, que es el menos afectado por la situación, ya que su cambio de ropa coincide con el cambio de estación.
-¿Por qué no dejamos de especular y alguien se pone a estudiar el manual de instrucciones a ver si averiguamos cómo se pone en marcha la maldita lavadora esta? -sugirió la Padilla.
-Es que solo viene en chino -se lamentó María Victoria, que ha vuelto a enfundarse en sus "leggins", a pesar de que el médico le dijo que, de seguir usando esos pantalones tan ajustados (cuatro tallas menos), sus muslos podrían sufrir colapso inmediato por asfixia severa e irrevocable.

A falta de un jefe de control, como supongo habrá en la NASA, y como primera medida, se nos ocurrió que Xiu Mei, la esposa de Bernardo el taxista, podría traducirnos las instrucciones, pero, esa misma tarde, la mujer había ido al oculista y llegó con las pupilas dilatadas con lo que no podía enfocar y, la verdad, es que temimos que, entre su español, que todavía es ininteligible, y su despiste habitual, pulsáramos una combinación de botones que, en lugar de lavar la ropa, terminara cocinándola.
Los días iban pasando y la cantidad de prendas acumuladas y olorosas en el edificio iba aumentando, así que decidimos buscar una solución. A Úrsula se le ocurrió que hiciéramos una prueba con unas sábanas viejas hasta dar con la combinación correcta de lavado.
Esa misma tarde, la Padilla bajó unas que había heredado de su tía Desconsuelo. Sí, se llamaba así. Al parecer, la mujer se cambió de nombre después de que el que iba a ser su marido la dejara plantada a las puertas de la iglesia. Ella, compuesta y sin novio, dejó entonces todas sus pertenencias a sus tres sobrinas y se encerró en un cuarto a llorar durante cuarenta años.
Las sábanas tenían unas flores diminutas, tanto como sus lágrimas. Eran de color verde y amarillo y le daban un aspecto de prado primaveral un tanto agobiante.
-¿Y, ahora? -preguntó María Victoria, ansiosa por pulsar los botones.
-Aparta, insensata -le gritó Eisi, interponiéndose entre ella y la lavadora.
-Pero ¿qué haces?
-No ves que esto puede explotar. Hay que estar prevenidos -dijo Eisi, enfundado en un aparatoso casco de moto.
-Pero, por favor, que es una lavadora, no un cañón -se quejó Úrsula, que se lanzó sobre la máquina y empezó a pulsar botones sin control.
La lavadora empezó a iluminarse y a emitir un ruido ensordecedor. María Victoria, la Padilla y Eisi subieron las escaleras huyendo de un posible accidente, pero, a mitad de camino, Úrsula les avisó de que ya había terminado el lavado. Regresaron al portal con desconfianza. Cuando comprobaron que el peligro había pasado, abrieron la lavadora y rescataron las sábanas. Estaban impolutas. Tanto, que no ni siquiera había rastro de las florecillas.
-Qué disgusto -pensó la Padilla-. Si tía levantara la cabeza.
-Qué guay -comentó María Victoria-. Tiene acción borradora total. Voy a meter una blusa, que tengo con unos cuadros horrorosos que no me gustan nada.
Úrsula intentó recordar la combinación y empezó a pulsar de nuevo los botones sin ton ni son. Otra vez, el despliegue luminoso y el ruido, pero, en esta ocasión, nadie se movió. Cuando terminó el lavado, María Victoria rescató la blusa del interior de la lavadora. Habían desaparecido los cuadros, pero, a cambio, llevaba las flores de las sabanas de tía Desconsuelo.

lunes, 13 de febrero de 2017

TÁNDEM PELIGROSO

Varios días de discusión, de sacar pecho una y otra y un dudoso intercambio de favores fueron necesarios para que las aguas volvieran a su cauce. Luchar contra una roca de cemento armado llamada doña Monsi no fue nada fácil, pero Carmela tiene aguante y, al final, la presidenta acabó devolviéndole su empleo en el edificio con algunas mejoras y una larga lista de sorpresas. Desde el pasado jueves, las dos mujeres han formado un tándem que aquí guerra y en el cielo gloria; nunca mejor dicho porque Gloria del Paraíso, la que por unos días sustituyó a Carmela en los menesteres de saneamiento, higiene y desinfección de las escaleras, fue despedida de forma fulminante, aunque ya ha encontrado trabajo en el aeropuerto.
-Cuánto me alegró por ella -dijo Úrsula-. Allí estará como en su casa.
-¿Y eso? -preguntó su hermana.
-Ay, niña. ¿Tú no veías que la tal Gloria siempre andaba en las nubes? Pues ahora estará más cerca.
A Carmela no le gustó nada que estuvieran hablando de quien había ostentado su cargo por unos días y menos cuando les oyó comentar que, en tan poco tiempo, aquella mujer le había imprimido un brillo nuevo a las escaleras.
-Se me callan. Si alguna tiene queja de cómo hago mi trabajo lo tiene complicado, porque la presidenta me ha renovado por cinco años y un día. Y, por cierto, una cosita: desde hoy ya no soy "la que limpia las escaleras". Doña Monsi me ha subido el rango a directora general de Asuntos Internos del edificio.
María Victoria, que durante una temporada ha decidido cambiar los "leggins" por pantalones de chandal, porque el médico le ha dicho que tiene los muslos asfixiados, se asustó al oír aquello y pensó que lo de Asuntos Internos le daba licencia a Carmela para entrar sin permiso en su casa. Se la imaginó rebuscando en su armario, en su cocina, en sus secretos más íntimos. En su mente. En su corazón.
-¡Me niego! -gritó-. En mi casa no entras.
-Yo puedo entrar donde quiera- dijo Carmela, mostrando un pedazo de metal verdoso.
-¡Criptonita! Chicas, cierren los ojos -avisó Úrsula, temiendo que aquella cosa radiactiva les quitara la fuerza como a Superman.
-Eso es para hipnotizarnos y, luego, dominarnos -temió María Victoria.
-¿Pero qué están diciendo? Esta es la llave maestra del edificio con la que puedo entrar donde quiera.
Se armó el revuelo.
En medio de aquel nuevo lío vecinal, la Padilla llegó de la calle con Cinco Jotas y Carmela se interpuso entre ella y el animal.
-Él se queda fuera. Este no es lugar para cerdos -sentenció.
-Bromeas, ¿no? -preguntó la Padilla, que, al ver la expresión de su cara, supo que no lo hacía.
Cuando pensábamos que las cosas no podían ir peor, dos hombres entraron en el portal con una caja enorme. Carmela les indicó que la colocaran en el hueco entre los buzones y el cuarto de contadores. Aquello parecía una nave espacial y tenía más botones que el ascensor del Empire State.
-Ya pueden hacer la colada aquí -dijo Carmela, con el dedo índice apuntando hacia una lavadora descomunal.
-No gracias, confío más en mi aparato -comentó Úrsula.
-Yo también -dijo Eisi, que se había unido al grupo.

-Creo que no me entienden. Esta lavadora sustituye a las suyas. Si quieren lavar ropa solo podrán hacerlo aquí -dijo autoritaria.
-No puedes obligarnos -saltó la Padilla.
-Como directora general de Asuntos Internos, puedo hacerlo. Ya he ordenado que corten el paso del agua a las viviendas, así que no hay opción.
Aquella revelación nos sumió a todos en una discusión acalorada que solo cesó cuando vimos aparecer a la presidenta. María Victoria corrió hacia ella como si fuera la luz al final del túnel.
-Doña Monsi, detenga esto. Carmela se ha vuelto loca. Dice que usted le ha dado libertad para hacer lo que quiera.
-¿Que Carmela ha dicho eso? -preguntó doña Monsi.
Todos asentimos.
-Pues se equivoca.
Todos respiramos.
-No tiene libertad para hacer lo que quiera. Tiene una orden mía para hacerlo.
Todos nos quedamos mudos.
-Carmela, ¿ya has pensado dónde vas a colocar la ducha comunitaria? -preguntó la presidenta.
-Estoy trabajando en ello -contestó la directora general.

lunes, 6 de febrero de 2017

UN DÍA DE FURIA
La matraquilla que le entró a doña Monsi por prohibir la entrada a toda persona ajena y no residente en el edificio sembró la ira en Carmela, que, tras su despido fulminante, reapareció el pasado jueves, aprovechando que la presidenta había salido a la peluquería.
-No tientes al diablo -le aconsejó Úrsula al encontrarse con Carmela en el portal.
-Este es mi edificio y no voy a quedarme sin trabajo porque a una loca de pelo alborotado le haya dado por poner normas anticonstitucionales.
-¿Y qué vas a hacer?
-Recuperar lo que es mío.
Úrsula se temió lo peor porque, cuando Carmela se enfada, no hay quien le gane. Y si no, que se lo pregunten a las pelusas que antes rodaban a su libre albedrío por las escaleras y, ahora, poco menos que tienen que pedir permiso para poder circular.
-Deberías marcharte porque Goyo, el guardaespaldas de doña Monsi, hace la ronda a las en punto -le advirtió la Padilla mirando el reloj.
-Eso. Además, el tipo no se anda con chiquitas. El otro día prohibió la entrada al edificio al médico que viene a tomarle la tensión a mi hermana, así que tuvimos que quedar en el bar de enfrente -contó Úrsula.
-¿Y cuánto tenía?
-Él médico, ni un céntimo, con lo que yo tuve que pagar la ronda de barraquitos.
-Esto no puede ser -se quejó Carmela-. Tenemos que plantarle cara a esta situación. Voy a por mi fregona.
Antes de que lograra entrar en el cuarto de la limpieza, las vecinas le contaron las novedades.
-Ya no tienes fregona. Ahora es de Gloria del Paraíso -le largó la Padilla sin anestesia.
-¿Y esa quién es?
-La señora que ha contratado la presidenta para limpiar las escaleras.

-¡Se acabó! ¡Hasta aquí hemos llegado! ¿Dónde está la tipa esa de nombre de telenovela barata? Va a pasar del paraíso al infierno en menos de tres segundos -amenazó enfurecida Carmela.
La sudodicha señora apareció de repente, cargando con el cubo y la fregona, y canturreando algo ininteligible. Carmela se encaró con ella.
-¿Quién te crees que eres?
-Ay -suspiró-. Cuando me pongo a cantar, creo que soy Beyoncé pero luego me miro en el espejo y...
-No hace falta que contestes. Es una pregunta retórica, imbécil. Devuélveme mi fregona -gritó desaforada, y le arrebató el palo de las manos a la pobre mujer.
-Carmela, por el amor de Dios, sosiégate -suplicó la Padilla.
Pero ya era imposible. Se había disparatado de tal forma que no atendía a razones y su cara cambió del color carne a un rojo encendido. De malos modos, le ordenó a su sustituta que entrara en el ascensor.
-No funciona desde Navidad. Se traba al pulsar cualquier botón -le recordó Úrsula.
-Mejor -dijo, mientras empujaba a Gloria del Paraíso dentro y le daba al botón del tercero. Salió corriendo y la dejó encerrada.
Al escuchar los golpes de la mujer pidiendo auxilio, Goyo bajó al portal.
-¿Qué pasa aquí?
-Eso debería saberlo usted, que para algo es el guardaespaldas de la presidenta -le echó en cara Carmela.
-¿Usted?... ¿No le había echado yo de aquí la semana pasada?
-Sí. Y no me gustó la forma en que lo hizo.
-Salga inmediatamente -le ordenó él.
Carmela ni se inmutó. Solo hizo una seña que Úrsula y la Padilla no entendieron, pero, al ver la cara de furia que ponía, temieron por su propia integridad y no dudaron en hacer caso a lo que fuera que hubiera querido decir. Juntas, acorralaron al guardaespaldas y lo empujaron hasta llegar al cuartito de la limpieza donde lo dejaron encerrado.
-Ahora solo queda doña Monsi -comentó Carmela.
-¿Qué vas a hacer con ella? -preguntó aterrada la Padilla.
No hubo tiempo de aclarar esa duda porque, en ese mismo instante, la presidenta entró en el edificio.
-¿Qué haces tú aquí? -preguntó al ver a Carmela.
-He decidido tomar la Bastilla.
-Sí, vendrá bien que te mediques -dijo la presidenta.
-No me cambie de tema. Desde hoy, el edificio está bajo mi mando.
-Eso está por ver -amenazó doña Monsi.
Al día siguiente, a las siete en punto, Carmela limpiaba las escaleras, mientras una tímida pelusa rodaba en cámara lenta como si pidiera permiso.
-¡Qué bien! ¿Doña Monsi cambió de opinión? -preguntó Úrsula.
-No sé. Desde que la encerré en el cuarto de contadores no he vuelto a hablar con ella.

lunes, 30 de enero de 2017

AL TRUMPAZO

Desconozco si la causa por la que doña Monsi se ha convertido en una copia de Donald Trump tiene que ver con la genética capilar en la zona del tupé, pero lo que está claro es que la presidenta ha adquirido los vicios de su homólogo. Tanto es así que el pasado jueves nos quedamos con la mosca detrás de la oreja cuando vimos a Neruda colocando un atril en lo alto de las escaleras que dan al portal.
-¿Pero qué es todo este lío? -se quejó Carmela al comprobar cómo le había dejado el suelo.
-A las cinco comparece doña Monsi -dijo Neruda.
-¿Y eso?
-Un atril.
-Eso ya lo sé. Me refiero a por qué comparece.
-La presidenta va a hablar.
-Vaya novedad. Eso ya lo hace a cada rato.
-Sí, pero esta vez tiene que comunicar algo importante -concluyó Neruda, que, seguidamente, encendió la megafonía del edificio para avisarnos de la cita.
Nos pareció una estupidez más de doña Monsi, pero a las cinco menos cuarto estábamos todos esperando en el portal, incluida María Victoria, que canceló su tarde de compra de "leggins", ansiosa por descubrir qué era lo que tenía que anunciarnos aquella mujer.
Por fin, a la hora prevista en punto, la presidenta apareció acompañada de un tipo trajeado y con un pinganillo en la oreja.

-Buenas tardes, vecinos -dijo la presidenta, vestida de negro riguroso y pegando tanto la boca al micrófono que sus palabras retumbaron en todas las escaleras como si fuera un fantasma.
El hombre del pinganillo se asustó al escuchar aquella voz del más allá, sacó una pistola del bolsillo interior de la chaqueta y empezó a apuntar como un loco en todas las direcciones.
-¡Dios mío! Está armado -gritó la Padilla, señalando a la Magnum 44 que sostenía aquel tipo que parecía un tiovivo moviendo los brazos en círculo.
-¡Goyo! Baja eso inmediatamente -ordenó doña Monsi-. Ninguno de ellos querría matarme.
-Mmmm... Yo no estaría tan segura -le comentó Úrsula en voz baja a su hermana, que se había quedado más congelada que un lomo de merluza y temblaba como un flan.
-Vaya menú estás hecha -bromeó Eisi, al que todo aquello le parecía más divertido que Sálvame Deluxe.
-Bueno, al grano, que no tengo toda la tarde -dijo la voz fantasmal de doña Monsi-. Comparezco ante ustedes para comunicarles que desde hoy queda terminantemente prohibida la entrada a este edificio de personas que no vivan en él.
A sus palabras siguió un revuelo. Todos hablábamos al mismo tiempo y no se entendía nada. María Victoria levantó la mano y lanzó una pregunta.
-¿Y el del butano?
-¿Acaso vive aquí? -preguntó doña Monsi.
-No.
-Pues no entra. Siguiente pregunta.
-¿Y qué pasa conmigo? Trabajo aquí -recordó Carmela.
-No podrás entrar tampoco.
-Eso es ilegal. No tiene autoridad para impedirme la entrada.
-Más ilegal es entrar aquí sin ser residente.
-Pero yo tengo mi casa en Taco y trabajo aquí.
-Pues tendrás que alquilar un piso en el edificio si quieres seguir trabajando.
-No queda ninguno vacío -recordó Úrsula.
-Goyo, desalójala -ordenó la presidenta.
El presunto guardaespaldas agarró a Carmela y la llevó hasta la puerta.
-No puede ser -sollozó María Victoria-. ¿Y ahora quién quita las pelusas?
-Lo que está haciendo va contra la ley -gritó la Padilla.
-Goyo, la carpeta -pidió la presidenta al pobre hombre, que no daba abasto a todas sus órdenes.
Doña Monsi abrió la carpeta sobre el atril y empezó a garabatear.
-He firmado el decreto de expulsión de todas las personas ajenas a este edificio.
Nos quedamos sin palabras.
-Goyo tampoco vive aquí -gritó Úrsula.
-Vive conmigo -dijo la presidenta.
-Zorra -musitó María Victoria.
Esa noche nadie dijo nada. Nos habíamos quedado impactados, sin estrategias. Y sin Carmela.
Al día siguiente, al bajar nos encontramos con una señora menudita pasando la fregona a las escaleras.
-¿Y usted quién es? -preguntó Bernardo, el taxista, cuando salía a trabajar.
-Gloria del Paraíso.
-¿Y qué hace aquí?
-Limpiando las escaleras.
-Eso ya lo veo, pero creo que no puede hacerlo si no vive aquí. Eso fue lo que dijo la presidenta.
-Pero yo sí vivo aquí -dijo la mujer, señalando a la puerta al lado de los buzones.
-Ese es el cuarto de contadores.
-Sí, doña Monsi me lo acaba de alquilar.

lunes, 23 de enero de 2017

EQUIPO DE ÉLITE
La entrada fortuita al edificio de un grupo de especialistas en desactivación de artefactos explosivos nos levantó a todos el estómago. María Victoria empezó a gritar como una descosida cuando vio cómo se colocaban en posición de alerta máxima en el portal y corrió escaleras arriba en busca de las botas de piel de manzana Golden Delicious. No quería morir sin haberlas estrenado. La Padilla se atrincheró en su piso, pensando que aquellos hombres venían a llevarse a Cinco Jotas que, desde su regreso, no ha dejado de engordar y tememos que, en cualquier momento, el cerdo rebase su capacidad y explote.
En medio de aquella situación, Eisi nos tranquilizó al contarnos que el grupo de especialistas había venido para rescatar la bombona que se había quedado encerrada en el ascensor cuando días atrás el butanero se lió a puñetazos con el vigilante en una pelea que se saldó con un ojo morado, una costilla rota y un elevador inutilizado.
-Necesitamos que abandonen el edificio -gritó uno de los hombres que debía de ser el jefe.
-Oiga, ¿y no pueden volver más tarde? -dijo Úrsula que llegaba de la calle y se encontró con aquella parafernalia.
-Señora, no es una sugerencia, es una orden. Con lo puesto y a la calle -gritó más fuerte aún.
-A mi no me hable en ese tonito -se quejó la mujer con cara de ofendida.

Mientras tanto, en su casa, la Padilla había buscado un escondite en el hueco que quedaba entre la mesa del comedor y el mueble del salón. Le suplicó a Cinco Jotas que no hiciera ningún ruido extraño y que dejara los gases para otro momento. El pobre cerdo no entendió nada y trató de encajar su cuerpo en aquel espacio diminuto.
-¿Es que no ves que han venido a por ti? -le recordó la Padilla, ajena a la realidad.
El jefe de los especialistas en explosivos preguntó en voz alta si todos los vecinos habíamos salido ya o si echábamos a alguno en falta. Carmela hizo un recuento rápido y se dio cuenta de que allí no estaban ni María Victoria, ni la Padilla con su cerdo, ni la presidenta doña Monsi.
-Faltan dos vecinas y un cerdo -dijo.
-¿No son tres los que faltan? -susurró Bernardo al oído de Carmela.
-Tú, calladito -le amenazó-, doña Monsi que se busque la vida.
-Agente Frutos vaya a por las dos vecinas y el animal ese que dice la señora de la fregona que faltan -le indicó el jefe.
A los tres minutos, Frutos regresó con María Victoria en brazos.
-¡Le digo que me suelte! Quiero mis botas -gritó, desesperada, la mujer.
-Agente Melocotones, deje que mi vecina vaya a por sus botas -le rogó Brígida, temiendo la nochecita que nos iba a dar si no recuperaba sus Golden Delicious.
-Me llamo Frutos, señora.
-Bueno, si se va a poner tiquismiquis...
El jefe insistió en que saliéramos del edificio y esperásemos en la calle. Mientras, otro de los agentes subió en busca de la Padilla y de Cinco Jotas. Al llegar a su piso, aporreó la puerta.
-Señora, tiene que salir. Hay riesgo inminente de explosión.
-No va a explotar. Lo tengo controlado con una dieta que empezó ayer -gritó la Padilla, abrazada a la bola de grasa porcina.
En vista de que la negociación estaba siendo complicada, el hombre decidió cortar por lo sano y derribó la puerta. Otro de sus compañeros subió a echarle una mano y, en dos minutos, la Padilla y Cinco Jotas estaban ya en el portal. En ese momento, el cerdo, que llevaba más de media hora conteniendo los gases, decidió expulsarlos todos juntos.
-¡A cubierto! -gritó el jefe de los especialistas al oír la detonación.
Todos nos tiramos al suelo pensando que la bombona había explotado y que íbamos a saltar por los aires pero lo único que ocurrió fue que el ruido atronador provocó que la puerta del ascensor se abriera. Dentro, sin moverse, seguía la maldita bombona. Eisi la cogió en peso y la colocó en el camión del equipo de desactivación de explosivos.
-Ya pueden llevársela -dijo, mientras doña Monsi doblaba la esquina con un moño parecido al de Melania Trump el día de la investidura de su marido.