Los vecinos

Los vecinos
Aquí estamos los vecinos del edificio. Ilustración: Axel de la Rosa

lunes, 19 de febrero de 2018

LA FIBRA SENSIBLE
El insomnio de doña Monsi está teniendo efectos secundarios en nuestra salud y, aunque ha intentado ponerle solución con toda clase de remedios, incluso contando ovejitas, no le ha funcionado. Desconocemos si se debe a que alguien lanzó el rumor de que la presidenta es peor que un lobo o a que el ganado estaba bajó mínimos, pero lo cierto es que la noche que se puso a contar solo aparecieron dos, una de ellas, negra. Lo peor es que, como se pasa las noches en vela, empieza a darle vueltas a las cosas y lo embarulla todo. Esta semana, después de años resistiéndose, se le ocurrió poner fibra óptica en el edificio.
- ¿Y eso para qué sirve? -le preguntó María Victoria al técnico que vino el jueves a hacer la instalación.
- Yo escuché en la radio que la fibra es beneficiosa para la salud -explicó Úrsula- Sobre todo para el tránsito.

- Lo que me faltaba. Yo ya no doy abasto con tanta gente subiendo y bajando las escaleras y ¿ahora, esto? -se quejó Carmela.
- No es ese tránsito, mujer -le aclaró Úrsula- Es el del intestino.
- Entonces ¿este señor es médico?
- Lo más seguro. Y debe tener la especialidad de digestivo.
- Bueno, por lo menos así no cae pesado.
- Ay, pues si usted es médico, aprovecho para hacerle una consulta -interrumpió María Victoria mostrándole al técnico la barriga fofa que escondía bajo unos "leggins" de piel de melocotón- ¿Esto de aquí es por falta de tránsito?
- En tu caso, es más bien por falta de riego -murmuró Eisi que, en ese momento, regresaba del entierro de la sardina.
- Oiga, y otra cosa, doctor. ¿Va a ensuciar mucho? -le preguntó Carmela al de la fibra. Es que ya pasé la fregona.

El hombre, que se estaba conteniendo ante la conversación absurda de aquellas mujeres, levantó la vista por encima de unas gafas diminutas pero, sin solución de continuidad, dejó caer los párpados y prosiguió con el trabajo.
- Pues ándese con ojo -le advirtió.
- No te preocupes, mujer -comentó la Padilla- tratándose de fibra óptica, seguro que lo verá todo perfecto.
La instalación fue rápida y esa misma tarde pudimos comprobar lo que nos habíamos perdido durante tantos años. Yeison, el recepcionista, era el más contento.
- No puedo creer que haya llegado este momento. Por fin podré ver a tiempo real los vídeos de "Operación Triunfo".
- La Padilla, que entraba de la calle, lo miró desconcertada y él le explicó que, con la baja velocidad que había antes para navegar por internet en el edificio, todavía estaba descargándose la actuación de Bisbal en la gala de 2001.
- Déjate de boberías y céntrate en tu trabajo, que para eso te pago -le reprendió doña Monsi, mientras supervisaba la instalación- Lo que tienes que hacer es gestionar con el ordenador las entradas y salidas de los vecinos y enviarme un informe diario.
- Esto es peor que Alcatraz -se quejó la Padilla- Niño, ¿tengo correo?
- Un segundo - le pidió Yeison y empezó a teclear.
- Te pagan por atender la recepción, no para jugar con el aparatito ¿Quieres mirar si tengo carta en el buzón? -insistió enfadada y señalando a la pared.
- Señora, sosiéguese, kip calm. ¿No ve que ya no hay buzones? Los he quitado. Ahora todo está en la red, así que un momento que consulto si le ha llegado algún imeil.
La Padilla no daba crédito a la situación. La pared, donde hasta esa misma mañana se encontraban los buzones, estaba totalmente vacía.
Yeison movió el ratón y la impresora empezó a iluminarse.
- Aquí tiene -le dijo entregándole un papel-. Tiene dos recibos del banco.
La mujer agarró su correo y se marchó en el ascensor.
A media tarde, se rompió la paz en el edificio. Yeison empezó a gritar como un descosido.
- Pero ¿qué te pasa? -le preguntó su madre cuando cerraba la peluquería y se lo encontró exorcizando el ordenador.
- Mami, es el fin del mundo, di end of de worl. ¡No hay conexión!
En ese momento, María Victoria salió del ascensor mostrando un trozo de cable en la mano.
- Una pregunta. ¿Esto se traga entero?
- Pero, señora ¿qué ha hecho?
- He cogido un trozo de la fibra esta para ver si mejoro del tránsito. Es comunitaria ¿no?

lunes, 12 de febrero de 2018

PA' FUERA, PA' LA CALLE
Cuando el médico a domicilio le comunicó a la Padilla que tenía una otitis aguda, ella no lo escuchó bien y tuvimos que escribírselo en un papel. Al leerlo, la pobre mujer empezó a lamentarse de que una maldición había caído sobre ella.
-Primero me rompo las costillas, luego casi muero encerrada en el ascensor y, ahora, sorda ¿Qué más quieres de mi, Señor?
-No sé para qué le pregunta, porque si, por un casual, él le contestara ella no lo oiría -comentó Brígida.
Lloró tanto que a todos los vecinos se nos encogió el corazón y acordamos echarle una mano hasta que volviera a recuperar el oído.
Quien también ha tenido que recuperar pero, en su caso, horas ha sido Carmela, después de que la presidenta doña Monsi le anunciara los resultados de la auditoria que encargó sobre la limpieza de las escaleras.
-Han encontrado suciedad incrustada de hace más de una década -le reprochó agitando el informe como si pidiera las dos orejas y su cabeza.
-No se meta con ella -medió Eisi- ¿No ve que lo hace a conciencia para que los del CSI tengan pruebas si un día se comete un crimen en el edificio?
-Basta de tonterías. Te doy hasta el domingo de Carnaval para dejar la capa de suciedad actualizada -le advirtió doña Monsi.
En otras circunstancias, Carmela le hubiera lanzado la fregona a la cara a la presidenta pero, esta vez, se contuvo porque Pepe, su marido, ha perdido el trabajo.
-Pobrecito ¿Le han despedido? -preguntó María Victoria.
-¡Qué va! Anoche se fue de fiesta con los compañeros y, cuando se levantó esta mañana, no se acordaba de dónde tiene la oficina -le aclaró Carmela.
En fin, que, entre la sordera de una y las horas extra que ha tenido que hacer la otra, hemos pasado una semana movidita.
El sábado por la noche, cuando subimos a darle las buenas noches a la Padilla, nos comentó asustada que había oído una voz extraña en la escalera.
-Mujer, ¿cómo vas a oír nada si estás sorda? -le recordó Brígida mientras María Victoria lo escribía en un papel.
-No le pongas lo de que esta sorda -le susurró Úrsula-. No hay que hurgar en la herida.
María Victoria cambió "sorda" por "gorda" y la lío más.
Esa misma noche, Carmela decidió quedarse a hacer las horas extra porque le estaba costando sacar la suciedad enquistada. Pasada la medianoche, cuando restregaba uno de los escalones, se encontró de frente con un romano. No entendía qué estaba pasando. Temió que la suciedad fuera incluso mucho más antigua de lo que había rebelado la auditoría y que eso estuviera atrayendo espíritus de épocas pasadas.

-Soy Cayo Julio César Augusto Germánico, pero me llaman Calígula. Emperador de Roma.
-Pues aquí no tienes nada que rascar ¡Sádico! -le gritó Carmela empuñando la fregona.
Aquel grito en medio de la noche nos despertó a todos y salimos a las escaleras, incluida la Padilla, que se desveló alertada por el dispositivo luminoso que le instaló Eisi en la cortina del cuarto.
-Pero ¿qué gritos son estos? -preguntó Úrsula.
-Hay un fantasma. Apareció cuando frotaba la suciedad de las escaleras -contó Carmela apuntando al romano.
-¿Qué dice? -preguntó la Padilla, pero, como no teníamos papel a mano, nos hicimos los longuis.
-Ay, pobrecita. Igual esa era la voz que dijo antes que escuchaba. Seguro que al perder oído ha desarrollado un sentido para percibir a los fantasmas -comentó Brígida.
-Pues como empiecen a salir espíritus de todas las épocas nos van a colapsar el ascensor -apuntó Eisi.
Ante esa posibilidad, todos a una decidimos ayudar a Carmela a quitar, cuanto antes, la suciedad de las escaleras y nos pasamos toda la madrugada de zafarrancho. A las seis de la mañana, aquello brillaba como nunca antes pero el romano todavía seguía allí.
-Ni con lejía se va el tipo este. A ver ¿qué hacemos con Petardus Maximus? -preguntó Eisi y, de repente, sonó un móvil.
-¿Qué pasó, tío? Sí, sí, estoy bien pero con el trajito ridículo que llevo estoy pasando un frío que, cuando bajaba al Carnaval, aproveché que una doña se dejó la puerta de su edificio abierta y me colé para entrar en calor. Pero ya voy. Vayan pidiéndome un ron -dijo Calígula y corrió escaleras abajo.

lunes, 5 de febrero de 2018

DE AQUÍ NO SE PASA

Con la llegada de los nuevos vecinos, la situación en el edificio ha dado un giro de 360 grados. O, lo que es lo mismo, todo sigue igual. Esta semana el lío se ha montado por culpa de la borrasca, que nos dejó totalmente incomunicados.

-¿Qué es esa cosa amarilla? -preguntó doña Monsi señalando hacia las escaleras.

-Una valla -respondió Yeison.

-¡Vaya! -exclamó ella.

-Sí, eso he dicho.

-¿Y qué hace ahí?

-La he puesto para que nadie suba.

-¿Y eso?

-Se lo acabo de decir: una valla.

-Me refiero a por qué no podemos subir.

-Es que hay placas de hielo en las escaleras y he cortado el acceso.



La presidenta le miró como si le estuviera preguntando ¿Y-quién-eres-tú-para-tomar-una-decisión-así? pero no le dijo nada y se giró hacia el cuartito de la limpieza.

-¡Carmela! -gritó con su voz de ultratumba y la mujer llegó más rápido que un murguero a la taquilla cuando se entera de que van a poner a la venta las entradas de la final.

-¿Qué pelusa le molesta ahora?

-Déjate de impertinencias. ¿Por qué hay hielo en las escaleras?

-Pues será que alguien hizo botellón anoche -dedujo Carmela, pero enseguida Yeison la interrumpió.

-No, no, no. Mira, bonita, la culpa es tuya que dejaste la puerta de la azotea abierta y, con el biruje de anoche, todo está frousen. Con-ge-la-do. No se puede pasar. Es peligroso.

-Entonces subiremos por el ascensor -propuso la presidenta.

-No, no, no. Está clausurado -y se atravesó entre ellas y la puerta-. Peligro de cortocircuito.

A doña Monsi se le atragantó la rabia en el esófago. Menos mal que, en ese momento, entraron al edificio las hermanísimas, María Victoria y la Padilla, que habían ido juntas a ver la gala de la Reina de los mayores. Yeison les alertó del corte y les prohibió pasar. En medio de aquella escandalera, también llegó Eisi, enfundando en un chándal verde aceituna.

-¡Chos! ¿Qué pasa aquí?

-Que el niñato este ha cerrado las escaleras y no podemos subir -se quejó la Padilla.

-Señora, vuelvo a repetirle: es muy peligroso y, a su edad, romperse una cadera puede ser mortal -explicó Yeison.

-Además de tonto eres un faltón -se enfadó ella.

-¡Eh! Un respetito a mi hijo -intervino Rita, que con la lluvia llevaba una semana sin clientela en la peluquería-. El niño se preocupa por nosotros.

-Mami, por favor, que tengo 35 -le recordó él.

-Vaya, así que tampoco eres ya un pipiolo -comentó la Padilla, todavía dolida por el comentario anterior.

-A ver, señoras -interrumpió Yeison-. No se puede pasar y punto. Como recepcionista, soy responsable del edificio, tal y como la presidenta me encomendó.

-Pues mira por donde, ya no lo eres. Quedas relevado del cargo. Desde ahora, lo asume Eisi -anunció doña Monsi.

Eisi hinchó el pecho y se subió la cremallera de la chaqueta del chándal.

-Menos mal -suspiró María Victoria, que temía no llegar a tiempo de ver el resumen diario de Operación Triunfo-. Quita ya esa valla.

-Calma, pueblo. Antes de tomar una decisión, tengo que inspeccionar -dijo Eisi, mientras se colocaba el cubo de Carmela a modo de casco.

-¿Inspeccionar qué? -se quejó la Padilla.

-El estado de las placas de hielo que dice el niño que hay.

-Y dale? Que tengo 35 -insistió Yeison.

Con aquel chándal verde y el cubo de Carmela en la cabeza, no parecía serio confiar en Eisi pero por algún extraño motivo lo hicimos. En tres minutos, regresó.

-No se puede subir.

-¿Quéé? -gritó María Victoria.

-Hay hielo en las escaleras -confirmó.

-¡Ya está bien de tanta tontería! ¡Tiremos esa valla! -animó María Victoria a sus vecinas pero Eisi se interpuso y le hizo un gesto a Yeison.

-Eh, pibe ¿Quieres trabajo?

-¿Yo? Claro

-Ponte ahí -le ordenó al tiempo que le acercaba la fregona de Carmela para que la usara a modo de defensa-. Y no las dejes pasar.

-Esto es el colmo. Tú también quedas relegado del cargo -le gritó doña Monsi.

Pero no hubo forma. Eisi y Yeison mantuvieron el corte hasta la mañana siguiente. Esa noche tuvimos que dormir en el portal, abrazados unos a otros para no pasar frío. Ya de madrugada logramos entrar en calor, cuando Rita abrió la peluquería y encendió los secadores.

lunes, 22 de enero de 2018

CONTAGIO

Ante las quejas por los cambios llevados a cabo en el edificio durante nuestra ausencia, la presidenta convocó una reunión donde nos informó de las últimas novedades, pero en la que se negó a atender nuestras súplicas de cerrar la peluquería. Carmela es la más combativa en este asunto porque, además de las pelusas, ahora debe luchar contra bolas de pelos enmarañados que revolotean por las escaleras. En cuanto a Yeison, el hijo de Rita la peluquera y al que ha contratado como recepcionista del edificio, nos explicó que él se encargará de controlar y coordinar las entradas y salidas.
-Lo hago por la seguridad de todos -se justificó doña Monsi, cuando Bernardo se quejó de que llevaba tres noches sin poder hacer su turno con el taxi.
-No es normal que yo no pueda salir a trabajar porque el niñato este no está en la recepción.
Doña Monsi alegó que Yeison no puede estar de servicio 24 horas y nos acusó de inhumanos.
-¿Y si alguna de nosotras se pone de parto a las cuatro de la madrugada? -preguntó Brigida, y todas nos miramos de arriba a abajo, pensando que eso ya no era posible en nuestro edificio.
-Bueno ¡Basta ya! -interrumpió doña Monsi-. He gastado un dineral para que vivan en un edificio moderno y seguro ¿Y es así cómo me lo agradecen?
La presidenta dio por terminada la reunión.
Esa misma tarde, cuando Eisi se disponía a iniciar su siesta de cinco horas, un grito por megafonía retumbó en las paredes del edificio.
-¡Ese o ese! ¡Ese o ese!
Asustados, salimos a las escaleras.
-Pero ¿quién está gritando? -preguntó Carmela.
-Es Yeison -confirmó Úrsula.
-¡Ese o ese! ¡Ese o ese? -repetía el recepcionista, como si no hubiera un mañana.
-Bueno, ¡vale ya! Este, ese o aquel. El que te dé la gana -se quejó la Padilla, más recuperada de su triple rotura de costillas.
Como la machaconería no cesaba, bajamos al portal y, allí, encontramos a Yeison haciendo toda clase de gestos como un loco.
-¡Estop in de neim of god! -dijo él.
-¿Qué ha dicho? -preguntó Carmela.
-Uf, creo que te ha insultado -contestó Eisi.
-He dicho ¡alto en el nombre de Dios! No se acerquen a la peluquería. Estamos en danyer- insistió el joven parapetado tras el mostrador.
-Pero ¿de qué va esto? O te aclaras o te aclaro -dijo Eisi, embutido en aquel pijama a rayas, que no infundía ningún respeto.
-Estamos en código rojo. A red coud. Hay una clienta en la peluquería que no para de estornudar como una loca, así que he cerrado la puerta para evitar que propague el virus de la gripe por el edificio. Y es por eso por lo que estoy gritando ese o ese. Es lo que hacen en las películas cuando piden auxilio, ¿no?

-Este niño es tonto -comentó la Padilla, que, superada por la situación, cogió el ascensor para regresar a su piso.
-¿Quieres decir que estamos en riesgo de contagio? Entonces, abre la puerta de la calle de una maldita vez -ordenó Carmela a Yeison-. Anoche terminé de coser mi disfraz y, como no lo pueda estrenar en Carnavales, no respondo de mis actos.
Yeison se atrincheró en la portería y se negó a desbloquear la puerta.
-De aquí no sale nadie hasta que no vengan los de Sanidad. Cualquier movimiento en falso hará que el virus se propague evrigüer. Lo que significa, por todos lados, señora.
Carmela solo pensaba en las 824 lentejuelas que había cosido, una a una, la noche anterior, con lo que empuñó la fregona y, apuntando al recepcionista, le obligó de nuevo a abrir la puerta. Mientras tanto, en el interior de la peluquería, Rita insistía en que la dejáramos salir.
-Por el amor de Dios, Yeison. Soy tu madre -gritó desolada.
Sin pensarlo, y más por las ganas que tenía de irse a dormir la siesta que por un acto heroico, Eisi se lanzó contra la puerta de la peluquería y la derribó de una patada. Entre toses y estornudos, la infectada, cual alma que lleva el diablo, salió corriendo, cruzó el portal y huyó.
Desde entonces, en el edificio, todos estamos en cama contagiados con el virus.
Bueno, todos menos la Padilla, que no ha salido del ascensor.

lunes, 15 de enero de 2018

NUEVOS INQUILINOS
Después de casi tres meses, por fin, hemos podido regresar a casa. La rotura del bajante y la masa viscosa de olor indescriptible que empezó a fluir por la tubería con un frenesí desbocado nos obligó a evacuar el edificio. Gracias a la ayuda de los bomberos y a la de algún santo a quien le rezó la Padilla, logramos salir con vida.
Ella todavía siente náuseas cuando le viene a la mente aquel tufo, y lo achaca a que ese día se le quedó algo pegado en los pelillos de las fosas nasales. Brígida le sugirió que estornudara con fuerza para que lograra expulsar los restos de lo que quiera que fuera que se le había quedado incrustado allí, pero lo único que consiguió fue fracturarse dos costillas.
Aun así, no todo ha sido negativo. Este contratiempo también ha tenido su lado bueno. En nuestra ausencia, doña Monsi, que regresó de Barcelona harta de tanta incertidumbre, aprovechó para hacer algunos arreglillos en el edificio. Las subidas de la cuota de la comunidad han servido, por lo menos, para que la presidenta haya podido acometer el cambio de tuberías, adecentar el ascensor y poner luz en las escaleras. En este tiempo, también, consiguió alquilar el bajo izquierda, que ahora es una peluquería.

-¡Qué horror! Esto empieza a oler a tinte y a laca -se quejó Carmela, que, después de tantos meses sin usar la fregona, parecía no tener muy claro cómo funcionaba aquella cosa tan simple que a ella, sin embargo, le parecía más complicado que encontrar papas negras a menos de un euro.
-Cuando se corra la voz, esto va a estar peor que la calle Castillo en Navidad -comentó Úrsula, mientras miraba extasiada el botón del ascensor, que, después del arreglo, cuando lo pulsas, se ilumina y desprende un aroma a lavanda.
-¿Tú has visto la pinta que tiene la peluquera? -preguntó Carmela en modo cotilla- Se llama Rita.
-¿Como la cantaora?
-A mí que cante cuando quiera. Ahora o después.
En medio de esa conversación absurda, llegó el ascensor con la Padilla dentro. Al salir, hizo un gesto para que las vecinas se acercaran.
-Chicas, aunque no me hace mucha gracia que haya una peluquería en el edificio, tengo que confesarles que voy a entrar.
-Traidora -le espetó Úrsula.
- Tienen que entenderlo. Desde el fatídico estornudo estoy doblada y no he podido lavarme el pelo -se excusó mientras caminaba encorvada.
-Bueno, venga?, te acompaño- se ofreció Carmela, más como un gesto de cotilleo que de amabilidad.
En la puerta de la peluquería, que está justo en el lado izquierdo del ascensor, una mujer de pelo rojo y labios de un encarnado todavía mucho más intenso salió a saludarlas.
-Buenos días. Ustedes deben ser las vecinas del edificio -dedujo.
-Menuda chismosa. Qué poco ha tardado en ponerse a investigar -le susurró Carmela a la Padilla.
-Pasen, pasen -les ofreció amablemente.
-Yo es que estoy lesionada y no puedo moverme mucho -explicó la Padilla, con el cuerpo en forma de ángulo recto.
-Ah, pues le voy a pasar el contacto de mi primo Alexis, que es fisioterapeuta -dijo la peluquera buscando su número de teléfono.
De repente, una voz cantarina surgió del interior del local.
-Toc, toc? Un, dos, tres. ¿Hola? Llamando a mamá. Regresa a la Tierra, por favor. Plis, cam tu di erz. Lo que esta señora precisa de manera urgente es un lavado intenso y profundo que le deje flaying in de eskai.
Carmela y la Padilla esquivaron con la mirada el cuerpo de la mujer y sus ojos tropezaron con un joven que llevaba todos los colores del arcoíris encima.
-¿Y este? -preguntó Carmela.
-Es Yeison, mi hijo.
-¿Payaso?
-No. Recepcionista.
-¿De qué hotel? -preguntó la Padilla.
-De este edificio -dijo su madre orgullosa-. Doña Monsi lo ha contratado para que controle las entradas y salidas.
-Encantado, señoras -dijo haciendo una reverencia exagerada-. Les recuerdo que, si van a salir a la calle, me tienen que dejar las llaves on de teibol.
Al escuchar aquello, la Padilla se irguió de golpe y se oyó un "crack" que la obligó a dormir esa noche en urgencias. Para templar los ánimos, doña Monsi nos ha convocado a todos este miércoles. Dice que quiere ponernos al día de las novedades.